Sentido de vida

¿Imperfecta yo?…


He estado pensando en cómo nos afecta el estar pendientes de lo que los demás piensen de nosotros.  Queremos encajar en la sociedad, la familia, el trabajo y estamos todo el tiempo tratando de mostrar nuestra “mejor cara” al mundo. Son las máscaras que usamos para “estar bien”, pero a costa de ser auténticos y vivir una vida propia.

¿Cuántas veces es precisamente ese deseo de mostrarnos perfectos el que nos aleja de los demás, el que nos desconecta del resto de seres humanos?

La imperfección es lo que más nos une en nuestra humanidad compartida, es decir, ser humano es ser imperfecto, con debilidades, con deseos y metas, siempre en camino… Y es el gran regalo que tenemos para poder ver las posibilidades que se nos abren en la vida.  Si fuéramos tan perfectos como nos mostramos, ¿qué sentido tendría vivir y aprender y tratar de ser mejores cada día?

No quiero parecer estar elogiando la mediocridad, ni hacer una apología a la pereza ni nada de eso.  Lo que trato de decir, es que al reconocer nuestras imperfecciones podemos hacer algo por mejorarlas.  Y a todos nos pasa lo mismo. 

De hecho me baso para la reflexión en el libro (que recoge la investigación de años, de Brené Brown), que nos corrobora con datos lo que tiene que ver con nuestros fallos en diferentes campos, en nuestro carácter, en la forma de comportarnos y realizar nuestro trabajo, en la vida que llevamos.  Y no está mal que los demás se enteren y también se beneficien al conocer las tareas que llevamos a cabo para tratar de cambiar; cómo encontramos el coraje, el amor y la conexión para acabar con la vergüenza de nuestras debilidades y las máscaras (escudos según Brown) que nos ponemos para esconderlas.

Al esconder nuestras imperfecciones y dar una imagen de perfección alejamos al que está enfrente y que también tiene imperfecciones.  Se siente juzgado y medido por nuestra alta vara de rectitud y perfección.  Y no nos permitimos vivir una vida auténtica, haciendo lo que nos gusta, abrazando nuestros sufrimientos, nuestra vida un poco desordenada, permitiendo a los demás ser como realmente son sin pretender cambiarlos, hablando desde el corazón sobre nuestros sentimientos y pensamientos inclusive aquellos no tan ortodoxos. 

Hoy la invitación es permitirnos vivir plenamente, aceptando lo que no es tan bonito y que todos llevamos adentro.  No escondamos nuestro mal genio, nuestra pereza, nuestra ignorancia, nuestro desorden, nuestros gustos personales, nuestros fallos, etc… Dejemos que los demás nos vean tal como somos, seres humanos que luchan cada día por ser mejores personas, por cambiar sus defectos y en camino de perfección, si, pero no acabados.

Seamos seres en contínuo movimiento y desarrollo que aportan a los demás una conexión verdadera, que podemos ver al otro con compasión y podemos decirle:  “Te entiendo, se lo que estas pasando, he estado allí y te acompaño en tu camino”.

Seamos dueños de nuestra historia;  abracemos lo que somos con amor y dejemos ir lo que se supone que debemos ser.

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